No debería estar haciendo esto, debería estar trabajando pero, cual Jaime Palillo, me hierve la cabeza (qué extraordinaria forma de definir el colapso intelectual). Así y todo, aunque me hierva, considerando que tengo menos de un mes para entregar esta maldita tesis (cuando la termine la dejaré de odiar y le tendré cariño al trabajo realizado, pero aún no), debería estar trabajando y no sacando la vuelta. Pero qué diablos, sacar la vuelta es parte de trabajar.
Una de las cosas que ha permitido que yo, en mi eterna dispersión y desorganización mental, logre trabajar, es el maravilloso Post-it. Qué formidable invento de múltiples funciones y alegres colores que pueden convertir un frío espacio de trabajo en un simpático entorno de organizada fluorescencia. Es como ordenarse con la ayuda de la psicodelia. Además, el Post-it tiene un pegamento que no me da asco y eso le da muchas merendinas extra a sus ya muchas bondades. Le escribiría una oda, pero eso ya sería un abuso de la sacada de vuelta. Y ahí está, llamándome, pequeños cuadraditos azules, fucsia, verdes y amarillos me llaman con su luz y color y me recuerdan que, por lúdicos que sean, están al servicio del trabajo, y a él debo regresar. Al menos hasta que la cabeza vuelva a ebullir.


¡Chócale!
Si no fueran por los post-it, mi vida de lectora sería un colapso total.
El post-it es uno de mis objetos predilectos de la vida, de hecho les debo una entrada.
Hay una película absurda de mala, Rommy y Michelle, donde los post-it juegan un pequeño rol. Pero... ¡no la veas! Es terrible, no se deja ver... yo al menos no la terminé.
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El Pez