Una vez Gómez (también conocida como mi madre) me dijo que las chuchadas eran necesarias, que había cosas que no se podían expresar de otra forma. Me dijo que cuando ibas caminando y te pegabas con la esquina de algún mueble en el dedo chico del pie, no había nada que hacer para que doliera menos, pero que echar una buena puteada era lo único que podía compensar el dolor. En rigor, no sirven para nada, simplifican las emociones y las reducen a una palabra grosera, son mal vistas, no deben decirse en la mayoría de los contextos, a los
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